El otro día discutía en una tertulia de
amigos sobre una frase pronunciada por el dramaturgo inglés William Shakespeare:
“Las personas estamos hechas de la misma materia que los sueños”, cuando de
repente un buen amigo dijo que para él, de lo que realmente estamos hechas las personas,
es de luces y sombras. “Y lo que realmente importa es que al final del camino, solo
recuerdes las luces de todas las personas que han pasado por tu vida”.
Por ello, y porque he decidido centrarme en
olvidar las sombras y recordar las luces de la gente que ha dejado huella en mi
vida, he escogido para la realización de este trabajo un documento que me
regalaron dos personas cuyas sombras, desgraciadamente, me han hecho olvidar sus
brillantes luces. Unas luces que en tiempos pasados atiborraron mi vida de
alegría, pasión y felicidad, pero que después me dejaron un recuerdo con sabor
a decepción, engaño y abandono.
No sé si habrá sido el documento que más
me ha marcado, pero cuando estuve pensando sobre cuál podía ser el libro, la
fotografía o simplemente las palabras que marcaron lo más profundo de mi alma y
se instalaron de forma permanente en mi agitada memoria; lo primero que vino a
mi mente fue un vídeo que me regalaron mis dos mejores amigas cuando cumplí la
edad de 18 años.
Desde que estudio Periodismo, tengo la
suerte de manejar muchos documentos a diario (periódicos, programas de radio,
entrevistas); y sin embargo ninguno de ellos logró desbancar a ese viejo vídeo,
aparentemente olvidado en el antiguo cajón de la estantería más oculta de mi
habitación.
Soy consciente de que jamás sabré
transmitir, mediante palabras de diccionario y a lo Times New Roman, la
importancia que guarda ese vídeo para mí; pero aún así, intentaré explicar por
qué significó un antes y un después en mis 18 años de vida, y por qué hasta
este momento no he conseguido encontrar ningún recuerdo por el que merezca la
pena enfrentarse al olvido y luchar contra el egoísmo de nuestra tan caprichosa
memoria.
En el vídeo aparecen todos los profesores
que me dieron clase desde que tenía cinco años e ingresé en el colegio, hasta
que cumplí 18 y estaba a punto de abandonar el lugar que para mí siempre había
sido mi segunda casa.
Mis mejores amigas recorrieron el colegio
de arriba abajo para que cada uno de mis profesores me felicitase. Lo cierto es
que consiguieron recopilar 13 años de vida colegial en unos escasos 10 minutos
de vídeo. Los 10 minutos más emocionantes, intensos y gratificantes de mi
historia. Junto al vídeo rezaba un mensaje: “Para que nunca olvides tus
orígenes”.
Cada uno de mis profesores me felicitó a
su manera, reivindicando la certeza del dicho “cada maestrillo tiene su
librillo”, y en cada uno de ellos vi reflejado cada uno de los miedos,
dificultades, victorias, alegrías y derrotas que compartí con ellos y que me
ayudaron a ser quien soy hoy día.
Ellos me educaron para la vida, me
formaron para un mundo injusto y desigual, “El mundo es un montón de mierda,
pero un montón de mierda al que hay que querer y por el que hay que luchar”; y
sobre todo, me enseñaron todas las experiencias que les había otorgado la vida,
y que plasmaron en las felicitaciones de mi vídeo de cumpleaños:
Me convencieron para que no abandonase jamás
mis principios e ideales, “A veure si canvies de idees i et fas catalana com jo,
Cristineta”, de ellos aprendí a no conformarme con el cielo si podía pedir las
estrellas, “Y a ver si aprendes a dejar márgenes en los exámenes, que un día de
estos te suspendo, aunque siempre me saques sobresaliente, Cristina”. Con ellos
aprendí a distinguir lo que era importante de lo que no merece nuestra
atención, “Te deseo que seas muy feliz, pero no solo hoy, sino siempre”; y otros me demostraron
que algunos “siempre” sí que son para siempre, “Qué te voy a decir, hija mía,
que tú no sepas ya, que siempre voy a estar contigo”.
Hace tiempo que las personas que me
regalaron el vídeo y me prometieron lealtad hasta el fin de nuestras vidas, tomaron
rumbos diferentes al mío. La verdad es que dejamos de encontrar sentimientos que
nos acercasen y decidimos alejarnos para intentar ser felices. Durante un
tiempo solo supe recrearme en sus sombras, después, eché de menos cada una de sus
luces que se habían convertido en vacío y ya no brillaban como antaño.
Sin embargo, tras volver a ver el vídeo,
me doy cuenta de que solo quiero llegar al final de mi vida recordando las
luces de los ojos que me han enseñado a mirar de otra manera, aunque algunas
veces no quisieran encontrarme entre la multitud de los sentidos. Ahora me doy
cuenta de que solo deseo recordar las sonrisas de los que me han hecho reír a
carcajadas, aunque a veces hayan transformado mis risas en lágrimas
desbordadas.
En definitiva, espero y deseo que al final
de mi vida los momentos buenos le hayan ganado la partida a los malos, porque
eso significará que la mayor parte del tiempo, las luces han conseguido brillar
entre las tinieblas de las sombras.
Y lo mejor de todo, es que a veces solo te
das cuenta de estas cosas, cuando te mandan un trabajo voluntario para analizar
cuál ha sido el documento que más te ha marcado en tu vida. Será que todas las
cosas tienen un lado bueno y uno malo. Será que el mundo también está hecho de
luces y sombras…