Lo que no entiendo es por qué tardé tanto tiempo en sacarlo.
Por qué ese maldito día en el que me di cuenta no llegó antes. Por qué no me fié
de la gente de mi alrededor. Por qué le di la espalda a los que siempre me
tendieron la mano. Me ha dicho S que no me torture, que esto ya forma parte del
pasado y que me tengo que dedicar a pensar en el presente y a mirar hacia
delante. Pero quiero contarlo, al menos necesito contar cómo fue aquel día. Por
una vez, y sin que sirva de precedente, dejo a un lado la ortografía y el
estilo literario, para centrarme en liberar mis sentimientos mediante unas
cuantas teclas y mi olvidada Times New Roman, como hacíamos antes, como
en aquellos tiempos de Bachillerato…
Terminó la reunión a eso de las 17 en punto, porque los
niños tenían que irse a una reunión de voluntariado a la parroquia de San Blas
y no podían llegar tarde en su primer día. S me dijo: “bueno, ahora tú y yo
vamos a tomarnos un café y me cuentas” e igual que el Duke ha sido
testigo de algunos de los momentos más interesantes de mi vida, La Terreta
tampoco se queda atrás. Creo que nunca le había prestado verdadera atención a
ese pequeño y reconfortante bar hasta el otro día. Supongo que ocurre cuando liberas
tus recuerdos en ciertos lugares: los bares se convierten en confesores, sus
paredes te protegen, su música se convierte en la banda sonora de tu historia, el
alcohol te empuja a desahogarte…se crea un clima especial con el que tienes
enfrente, en definitiva, dejamos huella en esos sitios, porque los hacemos
nuestros.
La Terreta asistió sin saberlo a uno de los momentos
más importantes en mis veinte años de edad. “Sorpréndeme”, dijo S. Y yo le
resumí el tema en una palabra: su nombre. Me costó lo suyo arrancar, pero
cuando lo hice, no había quien me parase. Y recuerdo que tenia mucho frío.
Joder, qué frío hacía. Mi rebeca azul no daba para tanto y mi flequillo
revoloteaba anunciado que el invierno estaba llegando a pasos agigantados.
Además, me hacía pis. Tenía un montón de ganas de ir al
baño, de hecho fue lo primero que hice en cuanto regresamos. Pero no me atreví
a levantarme, porque estaba demasiado ocupada en sacar todo lo que había
ocultado durante tantos años.
Al principio tenía miedo de que S no reaccionara como yo
esperaba, que me juzgara, que lo interpretase como una chiquillada, que pensara
que yo era una loca. Pero Dios me ha enseñado que hay personas que hacen que este
mundo sea mucho mejor y S es una de ellas. Bastaron frases sueltas y alguna que
otra aclaración para que captase enseguida de qué iba el asunto. Yo hablé, hablé
y no hice otra cosa que hablar, a veces me costaba y yo sabía que mi cara
reflejaba el sufrimiento que había sentido durante todo este tiempo. Por eso me
trababa un poco al explicar la situación y decía muchos tacos: cojones, coño,
no me jodas, pero qué mierda. Porque yo digo muchos tacos cuando me pongo
nerviosa o quiero dar énfasis a mi discurso, y sé que a S no le gustan los
tacos, porque él nunca dice ninguno, pero esa tarde de viernes no me dijo nada
al respecto. Me seguía con la mirada, intentando comprender, calibrando hasta
qué punto era peligroso lo que le estaba contando. Y después de escucharme un
rato largo sin pestañear, tomó carrerilla y disparó.
Recuerdo perfectamente todo lo que me dijo, porque me caló
tanto que todavía hoy me lo repito para que no se me olvide jamás. Me habló de la
manipulación, de las responsabilidades que tiene un adulto, de los juguetes
rotos, de cuando te obligan a vivir una vida que no te pertenece, y sobre todo,
no me hizo sentir mal ni culpable. Al fin y al cabo uno no elige en quien se
fija ni de quien se enamora.
S entendía que no hubiese podido avanzar y que me sintiese
rezagada con respecto a los demás. Y me propuso la solución que yo ya sabía
desde hacía tiempo, pero no quería aceptar: “pon punto y final, corta por lo
sano, se acabó”. Y me hizo prometer que le haría caso y que no me pasaría los días
temiendo futuros encuentros con él. Me hizo prometer que no le contestaría a
los mensajes y me prometió que con el tiempo él me dejaría en paz. Que se iría
centrando en la opción que había escogido y que dejaría de amargarme la vida.
Porque me la había amargado siempre, pero yo nunca lo quise ver. “Una
relación así te hace daño”, dijo S, y yo añadí: “Es como una maldita droga”.
Salí de allí sin terminarme mi coca cola light, pero viendo
la vida con otros ojos. Calmada, porque sentía que me había quitado un peso de
encima al confesar mi secreto a S y tranquila, porque S me dijo que en
situaciones de este tipo, lo más normal era encerrarse y tragarse toda la
porquería que vas acumulando, hasta que un día te levantas y decides que ha
llegado el momento de quemar esa basura y respirar aire limpio.
Dani me lo contó una vez, cuando se enamoró perdidamente de
una chica que le trataba como a una mierda. “De repente, un día te levantas y
te das cuenta de que la has olvidado, joder, ¡y no te lo puedes creer! El día
que me di cuenta yo bailé como un niño, me sentía diferente, me sentía nuevo”.
Yo no le he olvidado, pero he tomado la decisión más difícil: he decidido que
no le quiero en mi vida nunca más. Y sé que será complicado, que habrá momentos
de nostalgia y de rabia: nostalgia por lo que habíamos creado juntos, y sobre
todo, por lo que pudimos haber sido y no fuimos; y rabia, por cómo
transcurrieron los acontecimientos, por ese halo de misterio que embriagó
siempre nuestra amistad, por esa falta de confianza cuando todo empeoró…¿Y el amor?
Ya no hay sitio para ese amor.
Al final, cuando S se hubo terminado su café con hielo en un
vaso aparte, me miró con esa mirada que no hace falta entender. Como cuando las palabras
sobran. S me ha mirado así muy pocas veces, y siempre que lo ha hecho ha sido
en momentos muy difíciles, cuando sabía que yo me estaba hundiendo. No sé expresar lo que significa esa mirada para mí, pero
mi corazón la entiende a la perfección cada vez que la ve. Es como un: “No te puedo
dejar sola”, no, no, más bien es como un: “Dios mío, ¿de dónde te habrán
sacado?, sí, sí, es como si me dijera: “Vaya líos en los que te metes, hija mía,
pero ojo, yo siempre estaré ahí para resolverlos contigo” y lo hace, joder que
si lo hace. Si hasta me preguntó si quería que él se metiese de por medio y me
ayudaba a salir de esta sin tener que dar explicaciones ni moverme del sitio.
Pero le dije que no, bastante tiene S con soportarme a mí de vez en cuando y
escuchar mis comedias de jardín…
No todo lo que le dije y él me dijo se puede compartir, pero
sí que puedo decir que me quedé con una frase muy clara de nuestra charla: “Lo
que te haga daño, fuera”. Tan simple y a la vez tan compleja de llevar a cabo.
Pero no me quedé con esa frase por su significado, sino por su interpretación,
porque yo nunca lo había considerado como un mal para mí, nunca había
considerado dañino a lo que he querido durante toda mi vida. Nunca, hasta que
empecé a sacarlo y S y alguna que otra persona sorprendida me dijo que él era
una tortura y yo demasiado joven como para tener que afrontarla sola y para
siempre.
De regreso, S me estuvo dando más consejos, y me preguntó si
iba coja, porque yo andaba arrastrando el pie, pero le dije que no, y siguió
con su: “y eso, que no le des más vueltas, y hazme caso por favor” y su ya típico,
pero que siempre ignoro: “y llámame, que estas cosas hay que hablarlas cuanto
antes mejor”. Porque las cosas cuando se sacan se aclaran. Y una se libera
tanto…S me dijo que volveríamos a hablar pronto, porque se tenía que ir, y yo
me fui a hacer pis, porque no me aguantaba desde hacía horas, y después a
hablar sobre Periodismo y la Doctrina Parot con el jefe, y me vino bien, porque
me distraje y luego coincidió que pude plasmar mi promesa en el proyecto
personal de vida. Escribí textualmente: “Liberarme
de mis dos cadenas”.
Ahora que ya tengo el objetivo, me faltan los medios, la
evaluación y lo más importante: el cómo. De momento estoy haciendo caso a S e ignoro
todo mensaje que venga del indeseable, aunque en esta vida puedes engañar a
quien quieras, excepto a tu corazón. Y el mío es bastante listo. El muy cabrón
hoy me ha sorprendido con alguna lagrimilla fugaz. El capullo espera cualquier
situación con un mínimo de tensión para demostrarme que aún siente y que mis
parches todavía no le causan efecto. Tiempo al tiempo, pequeño músculo. Aún no
lo sabes, pero lo que creías que hacía tu vida mejor, solo te la estaba destrozando.
Lucharemos.