No puede haber mejor lugar en Atzavares que la sala de Edición. Y lo curioso es que hasta hace unas semanas no me había dado cuenta de la magia que desprenden esas cuatro paredes. Probablemente esa sala sea el sitio en el que más horas he pasado este año: retocando audios, desayunando, peleando, terminando trabajos, presentando premios...e incluso llorando. El otro día llegué a la sala de Edición y rompí a llorar. Me metí en una de las cabinas con el propósito de empezar a estudiar Inglés y no lo pude evitar. Lloré. Y la sala de Edición tuvo el detalle de no interrumpirme. De dejar que mis lágrimas brotaran y se resbalaran por mis mejillas hasta que me quedé sin fuerzas. Entonces, suspiré. Me limpié la cara. Y comencé a estudiar Inglés.
No entró nadie durante esa hora. Ni Borja y su típico "¡Buenos días Cristina! ni los de "Buenos días UMH". Nadie. Me gustó ese detalle que tuvo conmigo la sala de Edición conmigo. Es como si me susurrara: "Estás en casa. Yo te protejo". Y lo cierto es que a veces necesitas un lugar en el que esconderte, una cueva en la que ocultarte del mundo durante unas horas, un sitio en el que descargar tu rabia, o en mi caso, la tensión acumulada en los últimos días.
Salí de Edición relajada. Me estaban esperando fuera. Nos fuimos a desayunar, como hacíamos antaño. Después a la radio. Me volvieron a esperar fuera. Y a casa. Y no he vuelto a llorar desde ese día.
La sala de Edición ha sido testigo de cómo nacía un proyecto que estaba condenado al fracaso. Me ha visto esforzarme, dejarme la vida en cada palabra de un guion que para mí significaba mucho más que un trabajo. La sala de Edición me ha visto enfadarme, pelearme, ensayar mis presentaciones, reírme hasta llorar, comenzar una tesis doctoral y hacer una entrevista con múltiples ojos mirándome y esperando a que terminara. Date prisa. Que hay que imprimir la revista.
Y por primera vez en tres años, me he sentido como en casa. Pocas veces consigues hacer tuyo un lugar. Pocas veces en mi vida he sentido que no me pasaría nada malo mientras estuviese en un sitio. Mi casa. Maristas. La academia de Laura. Infinitos recuerdos recorren mi cuerpo cada viernes de catequesis. Cada día que paso por delante de la academia de Laura para ir a hacer algún recado.
n la universidad no tenía sitio, durante todo este tiempo deseaba que se acabase la carrera, no porque no la disfrutase al máximo (que es lo que hago o al menos lo intento), sino porque me sentía como pez fuera del agua. Con unos compañeros a los que no les caigo muy bien precisamente. Con amigos, he de ser justa. Buenas personas, pero sin sentirme cómo verdaderamente soy yo. Hasta hace unas semanas, que me di cuenta de que solo me quedaba un año en la UMH, en Atzavares, en la radio y me envolvió la nostalgia. Y de repente comprendí que en este año repleto de frustraciones, obstáculos y decepciones Edición siempre ha estado ahí. Esperándome con los brazos abiertos. Su silencio. Su olor a nuevo. Sus cabinas que te aislan del mundo. Sus ordenadores que nunca funcionan o sus teclados que se comen letras. Y su impresora. Mejor no hablamos del uso que le damos los de Periodismo a la impresora.
Después de todos estos meses quejándome y se me había olvidado acordarme de lo que voy a echar de menos a mi pequeña sala de Edición. Debo darte las gracias por reservarme siempre un lugar. Por no hacerme sentir nunca mal, incluso cuando estaban los que me han hecho sentir mal durante bastante tiempo. Por no hacerme sentir pequeña, incluso cuando estaban los que son los más grandes de la radio. Edición me ha dado algún susto, pero nunca me la ha jugado. Siempre ha estado ahí, esperándome, observándome cuando me equivocaba al principio de mis días y me marchaba a la sala de las cámaras (esa que no dice absolutamente nada). Qué magia tiene Edición. Solo los que compartimos tiempo y pasión con la radio sabemos lo que puede llegar a significar ese sitio para nosotros...
Gracias por todos los momentos de este año. Sobre todo por el de la última semana. Por guardar mis lágrimas, recogerlas y ayudarme a levantarme. Estoy cansada; pero nunca pierdo la ilusión. Sé que esperan tiempos diferentes. En un año todo habrá terminado. Terminamos pocos de los que empezamos. Incluso de mi círculo personal. Algunos no aguantaron la primera ronda, otros se disgregaron por el camino, y alguno que otro, sencillamente, se ha olvidado de mí. No pasa nada. Los lugares siempre permanecen donde los dejamos.
Querida Edición, esta semana me despediré de ti como te mereces. Hasta septiembre no te volveré a molestar (espero que el último año de carrera lo haga mucho)
Y a ti, querido lo más rock and roll de por aquí, nos queda poco tiempo juntos; pero también tendrás un adiós digno de tu categoría y tus años...Comienzan las despedidas, y por primera vez en mi vida he entendido dos cosas fundamentales: vida solo hay una y el que te haga daño, fuera. Dicho y hecho.