Cuando me invitaron a participar en la Convivencia
Vocacional no me avisaron de que llegaría a Guardamar con las manos vacías y
volvería a casa con un montón de semillas preparadas para convertirse en frutos
algún día. Tampoco me contaron que aprendería a encontrar a Jesús en la
esperanza, en la valentía y en la entrega de aquellos que dedican su vida a
hacer mejor la de los demás.
Nadie me advirtió de que a veces un fin de semana es
suficiente para viajar hasta lo más profundo de mi corazón y buscar entre
viejas heridas y eternas cicatrices cuáles han sido los momentos más felices de
mi vida. Sin embargo, agradezco que no me dijeran nada, porque así he
descubierto cuáles son las semillas que más he de cultivar para alcanzar mis
sueños, dónde he de mirar para encontrar a Jesús en los momentos más difíciles,
y sobre todo, me he dado cuenta de algo que ya sospechaba desde hacía tiempo:
no hay nada que me aporte más vida que los Grupos de Vida Cristiana.
La verdad es que Guardamar siempre tiene algo especial
que me atrapa y me hace sentir como en casa. Solo el que ha estado allí sabe
que la magia que transmite ese lugar no se puede describir con palabras. Guardamar
te regala momentos inolvidables sin pedirte nada a cambio, excepto que nunca
olvides lo que has aprendido.
En esta ocasión fui a la convivencia asfixiada por la
rutina y me voy cargada de aire fresco. Llegué con la idea de desconectar y he
regresado más conectada que nunca: a mi vocación y al amor de Dios.
Ha sido muy reconfortante compartir confidencias y
reflexiones con personas que aunque caminemos en direcciones distintas, todos
perseguimos el mismo objetivo: crecer en la fe y dar vida a los demás, porque
como bien decía esa vieja canción que no nos hemos cansado de escuchar durante
este fin de semana: «¿Y qué
más quieres que alumbrar? ¿Qué más quieres que dar vida?».